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1 de agosto de 2011 | | 0 comentarios

Burdeos

Verano “de bajo coste”. La hucha vacacional se está repartiendo por diferentes lugares a los que afortunadamente, llegan las compañías con condiciones restrictivas, a saber: maletas enanas, nerviosismo generalizado por si la maleta no cumple las medidas establecidas y no cabe en el “molde” a requerimiento del personal de tierra, asientos estrechos, probabilidad de anulaciones, retrasos y cambios y un vuelo que parece una tómbola por la cantidad de cosas que pretenden venderte, pero por ahora, contentos con la experiencia de que todos los destinos de este verano comiencen en Barajas.

El primer destino fue un vuelo de apenas una hora con destino Burdeos con Easyjet. Allí nos esperaban cinco días con la encantadora familia política que nos agasajó, cuidó y procuró alojamiento mientras nos repartíamos entre celebraciones familiares ingentes y algo de turismo.

Los franceses cortan fatal el jamón y pongo en duda su gusto para dirimir la calidad de una sangría, pero la verdad es que tienen ese punto vitalista, ese amor por la comida y el buen vivir que en poco les diferencia de sus vecinos españoles. La zona se presta a ello: extensiones kilométricas de viñedos, cada uno de ellos con su chatêau correspondiente, diferenciando bien las denominaciones de origen y sobre todo, sacándole partido a la marca Bourdeaux en sus botellas. Por muy simple que parezca, ante ciertos pueblos y parajes, yo sólo podía decir: esto es…muy francés…siendo ese francés un calificativo sumamente positivo.

Dentro del marco general de la zona destaco tres cosas: Saint Emilion, la torre de Montaigne y Burdeos. Saint Emilion y su difícil pronunciación para una negada en el idioma galo, es un pueblo delicioso entre viñas, con una impresionante iglesia monolítica y un fervor único por el vino. El paseo por el pueblo y sus callejuelas es digno de aprecio y las tiendas-bodegas donde puede comprarse el vino son de absoluto diseño, con un cuidado de la estética bien enfocada al turista que llega con el bolsillo lleno o una visa oro. Ya que la botella se nos quedaba fuera de alcance, al menos no nos fuimos de allí sin tomarnos una copita de vino.

Atravesando pueblos, donde la envidia es una de esas casitas de una sola planta con un inmenso jardín, llegamos a la torre de Montaigne, rodeada por un jardín con un paseo central flanqueado por árboles. Montaigne pasó aquí su vida, ahí tenía su lugar de descanso y de trabajo, interesantísimas son las anotaciones que él mismo ejecutó en los techos de su despacho. Un entorno precioso, en el que hay que destacar la “vivienda” que había junto a la torre y que corresponde a un particular que a buen seguro debe tener una cuenta corriente bien saneada y algún título nobiliario para cuidar semejante palacio.

Por último, la ciudad que se ha ganado un nombre gracias a la fama de sus vinos que empezaron siendo de consumo propio y acabaron siendo aclamados de forma internacional: Burdeos. Me comentaron que en esta ciudad viven las grandes familias ricas que tienen viñedos en Saint Emilion y por ello, no extraña que sea ésta una ciudad señorial, con todos sus edificios muy parecidos con sus típicos tejados alineados y lisos, con algunas grandes construcciones neoclásicas que nos trajeron reminiscencias de París. La orilla del Garona ofrece una bonita panorámica de Burdeos y la calle Sainte Catherine, la avenida comercial más larga de Francia y una de las más largas de Europa, es una vía de varios kilómetros de gente y comercio, merece la pena verla desde alguno de sus puntos más altos para apreciar la longitud y la multitud.

Alrededor de ella, un barrio donde se concentra el encanto de los bares y rincones donde podemos encontrar que un antiguo garaje que ahora es un cine, es la plaza donde se concentran los estudiantes “burgueses e intelectuales” de la ciudad, o lo que podríamos definir como los gafapastas de aquí.

Una curiosidad es la catedral con su torre separada, el suelo no ofrecía una estabilidad que asegurara que la torre no fuera a derruirse, así que nos encontramos el campanario construido a varios metros. A cada paso podemos encontrarnos la constatación de que Burdeos también es una importante ciudad de paso del Camino de Santiago.

Se nos quedó corta la visita a Burdeos, pero como intuimos que habrá próxima vez, para entonces se queda un paseo más extenso y sobre todo, disfrutar del trayecto de los tranvías desde la terraza de un café mientras nos tomamos un vino…de Burdeos, por supuesto.

El final de julio lo disfruté en la playa que acostumbro a visitar sin falta desde hace más de 20 años, con un tiempo regulero y casi raro para esta época, pero hice lo que más me gusta hacer allí, tirarme en la arena mañana y tarde y desconectar.

El verano low cost no acaba aquí, la siguiente crónica: Estocolmo.

20 de junio de 2011 | | 1 comentarios

Irresistible low cost

Lo de los billetes low cost es un vicio. Una vez que empiezas, ya no puedes parar. Comienzas mirando vuelo para un destino concreto que te apetece visitar y acabas comprando vuelos a donde quiera que sea porque estaban a 4 euros.

Un ejemplo: este verano Uri me sorprendió en diciembre con un viaje para agosto. La verdad es que no habíamos hablado de las vacaciones (en diciembre, lo de agosto suena remoto) y de pronto, aparecieron en mi buzón dos billetes a Estocolmo. El precio es absolutamente escandaloso (en sentido inverso) y uno no tiene más remedio que pensar que dónde va a estar más a gusto que en Suecia con una temperatura primaveral por un precio con el que dificilmente llegarías por cualquier medio de locomoción a cualquier playa española. Así que allá nos vamos, a disfrutar del norte, a hacernos los suecos durante unos días.

Lo siguiente es que una vez que empiezas ya no hay vuelta atrás y te picas. Acabas mirando vuelo para tal fecha, total, por si hay algo interesante y entonces es cuando aparece ante tus ojos un vuelo a Bolonia por 6 euros, la vuelta es un poco más cara, pero en total, ida y vuelta sale por menos de 60 euros...Bolonia...pues allá que nos vamos. Total, por ese precio...

Rizamos el rizo. A Burdeos nos vamos vía Easyjet y a Alicante, vía ryanair, sin competencia que valga por parte de Renfe o la empresa de autobuses. Ni siquiera compensa coger el coche cuando haces el viaje solo.

Cuatro destinos en un verano y entre todos poco más de 200 euros. Así es imposible estarse quieto.

4 de agosto de 2010 | | 0 comentarios

El veraneo

Me quedan 48 horas para decir: Me largo, ahí os quedáis. Aunque no hace tanto que tuve vacaciones, recordemos que eso fue a principios de mayo y las dediqué a hacer 185 kilómetros del Camino de Santiago, así que de descanso, nada de nada.
Así pues, queda la tanda anual de vacaciones en Levante con la familia. No es que sea mi destino vacacional favorito porque me encantan las playas desérticas como a todo hijo de vecino y ésta precisamente no lo es, pero significa estar con mi familia, en mi segunda casa, en la playa a la que llevo yendo los últimos veinte veranos, que se dice pronto, por lo cual, es un lugar al que siempre me apetece ir y como tal, me voy con ganas de desconectar, de descansar y de coger aire para el largo y crudo invierno.
Me llevo el portátil para ver si consigo encontrar wifi y estar mínimamente conectada, me llevo unos cuantos libros para pasar el rato y sobre todo, me llevo mucha paciencia, porque durante unos días ejerceré de tía con dos fieras...Creo que los libros de la universidad se quedan aquí, este año la convocatoria de septiembre me parece que queda anulada...creo que me he ganado un verano sin tocar un libro y que ya remontaré el año que viene.
Entre medias, Uri se viene de visita y disfrutaremos del regalo que me hizo por mi cumpleaños: concierto de Joaquín Sabina y noche en un hotel de ensueño...Dolce vita, ni más ni menos.
Lo dicho, nos vemos a la vuelta, al menos con otro color más saludable.

26 de agosto de 2009 | | 3 comentarios

Galicia

Del sur portugués y pasando por Madrid-Barajas, cambiando en 24 horas de maleta y de compañía, aterrizamos en el noroeste español: Santiago de Compostela en vuelo hiperbarato, para comenzar desde ahí un periplo que iba a abarcar desde Ribadeo, población fronteriza con Asturias, hasta la frontera natural constituida por el Río Miño más allá de las Rías Baixas.

Santiago fue una explosión de sorpresas, una ciudad de esas que tienen encanto, particularidad, que aúnan arte, tradición, gastronomía y hordas de turistas que se dejan llevar muy fácilmente por el fervor religioso. Es imposible no pensar en lo que debe estar pasando por la cabeza del peregrino que ya lleva las botas colgadas en la mochila porque ha completado el camino y se sienta a contemplar la fachada de la Plaza del Obradoiro con satisfacción. Bicicletas, mochilas, ruido, trasiego de gentes en la catedral, hecha por y para el pueblo, donde cualquiera es capaz de aguantar estoicamente hora y media para ver la oscilación del botafumeiro, donde todo el mundo tiene cabida y se llama a las cosas por su nombre, como cuando el cura recibe con toda naturalidad a los fieles laicos, que en Santiago, si no se es devoto, es casi obligado serlo.

De Santiago me quedo con todo, con la catedral y con su Rúa do Franco: París-Dakar compostelano, con las cubiertas de la catedral que no pudimos ver debido a un fallo de coordinación entre oficinas de turismo y con esa comida de órdago y ribeiro en un sitio del que daré gustosa cuenta a quien quiera ir, no vaya a ser que el secreto se propague demasiado.

Tras coger un coche de alquiler con la compañía Hertz (ojito con las cláusulas demoledoras que te imponen al hacerte entrega del coche), pusimos rumbo a Ribadeo, paramos en Mondoñedo, y de allí llegamos a la Playa de las catedrales, una preciosidad que sólo puede disfrutarse plenamente en bajamar durante unas horas al día, hicimos noche en un hotel rural nuevo y decorado con mucho gusto.

Al día siguiente recorrimos parte de la mariña lucense, San Martín de Mondoñedo, el monasterio más antiguo de España, Foz, Viveiro y el punto más septentrional de España: Estaca de Bares. Por la tarde, fuimos a parar a las inhóspitas aguas caídas del Río Sil camino de la casa rural, casi un pazo en mitad de la naturaleza, donde la primera visión de la mañana a través de la ventana eran unas vacas.

La tercera jornada la iniciamos en San Andrés de Teixido, un marco incomparable al que merece la pena llegar a pesar de las carreteras, para admirar las vistas y perderse en un minúsculo pueblo lleno de encanto, después Ferrol y A Coruña, con su preciosa Plaza de María Pita y la mítica torre de Hércules, para encontrar el descanso en la Costa da Morte, muy cerca de Muxía.

A la mitad del viaje iniciamos el descenso hacia las Rías Baixas en el mismo punto de partida donde contradictoriamente hace mucho tiempo estaba el fin: Finisterre y desde allí visitamos los pueblos pesqueros de Muros, Noia y Rianxo e hicimos una parada en Porto do Son, en el Castro de Baroña, gran descubrimiento arqueológico junto al mar que nos dejó obnubilados, tanto que una de las últimas paradas: el poblado de Santa Tecla, nos impresionó menos de lo habitual. La parada y fonda la hicimos en Cambados.

El penúltimo día, a pesar de que los planes pasaban por comer en O Grove, acabamos dando el salto y visitando sitios con más interés que el puramente gastronómico y fuimos a Baiona, lugar que habitaba en nuestra total ignorancia y que es una preciosidad, donde de paso nos tomamos una mariscada propia de reyes y después, nos acercamos a Santa Tecla, lugar que impresiona algo menos cuando ya se han visto otros castros, pero que no deja de ser imprescindible visitar gracias a las reconstrucciones que dan una idea de cómo vivían los antepasados celtas.

Esa noche dormimos en Vigo, en un hotel bastante aparente hasta que subías a la habitación y veías como el baño se inundaba en el intento de darte una ducha. Así que si alguien se deja caer por Vigo, que tache el hotel México de su lista.

La última jornada maratoniana transcurrió entre Vigo, ciudad poco turística y muy industrial (qué vuelta para omitir la palabra "fea"), Combarro, con sus preciosos hórreos asomados al mar, que celebraba una oportuna feria del marisco con sus gaitas y muñeiras y finalizó en Pontevedra, a pleno sol, en sus calles y parques, donde la última siesta del viaje fue una pequeña muestra de lo que en conjunto fueron estos días: una delicia, palabra cursi pero adecuada, sobre todo cuando se ha visto dormir plácidamente y eso nos ha procurado descanso y se han conocido fisuras y novedades que engrandecen y nos permiten seguir adelante.

He vuelto con una idea clara, el año que viene, Xacobeo, sería un gran año para calzarse las botas y hacer el camino, el ambientillo y la experiencia creo que merecen mucho la pena y tengo por seguro que las vacaciones del año que viene van a requerir una gran dosis de austeridad por mi parte. Eso sí, habrá que buscar la manera de evitar los meses de mayor calor y afluencia, ya que no volverá a ser Xacobeo hasta 2021.

Hasta aquí el parte vacacional, se supone que septiembre viene cargado de novedades laborales, pero todo es una incógnita por el momento. Si quieren ver más fotos, llegarán pronto al enlace de flickr.

15 de agosto de 2009 | | 4 comentarios

Algarve

Del Algarve me traigo sensaciones encontradas. Por un lado, vuelvo con un regusto decepcionante de una zona que creía que me iba a gustar más y por otro, reconozco que tiene algunas cosas muy interesantes.

Lógicamente, al Algarve se va a hacer turismo playero y playas hay de todo tipo, urbanas y atestadas de gente (las más) y escondidas y desérticas (las menos). Eso sí, todas con el mismo problema: agua congelada, tanto que resulta duro aguantar los 40 grados bajo la sombrilla con el añadido de tener que contar hasta diez o hasta veinte para conseguir meterse hasta la cintura, o más allá si uno le echa valor. El problema de la masificación se simplifica evitando ir en pleno agosto, pero el del agua me temo que no tiene solución, exceptuando los efectos del cambio climático.

De un lado a otro del Algarve hay un montón de playas. En este viaje nos orientamos por las indicaciones de la guía y por las cosas que habíamos visto en Internet, así que durante 5 días hemos seguido la siguiente ruta.

Playa de la Isla de Tavira. Para llegar a la playa hay que ir aTavira y coger un barco que tarda 5 minutos en llegar a la isla. Una vez allí, la extensión de playa es enorme y aunque da la impresión de que no va a estar urbanizado, la realidad es que allí hay de todo: un camping, chiringuitos, hamacas...pero aún así, merece la pena alejarse un poco y buscar hueco. El barco no para de ir y venir continuamente, así que al final, lo que sería una estupenda playa desértica, acaba siendo una playa con bastante gente. La vuelta a tierra firme vuelve a hacerse por barco, como todo el mundo suele recoger las cosas a media tarde, al final hay que hacer cola como si estuvieras esperando el autobús.

Playa da Rocha. Un gran error, playa urbana, enorme a lo largo y a lo ancho y atestada, yo creo que la más masificada que he visto en mi vida. La playa en sí es bonita y está super equipada, pero le sobra un 90% de ocupación para poder ser disfrutada. Además nos encontramos con el problema de las algas, que en grandes cantidades, pueden arruinar un gran día de playa.

Playa de Alvor. Cuando escapamos del horror de da Rocha nos movimos a esta playa, igual de familiar pero, menos ancha y con menos gente. Más de lo mismo.

Playa de Figueira. Para mí fue la mejor playa del viaje. Desierta, a mitad de camino entre playa y cala, es toda una sorpresa que en agosto no esté invadida y debe ser por varias razones: no es fácil encontrarla, no está muy publicitada y hay que andar un buen trecho a pie por el campo hasta llegar a ella. Estupendo día, de los de playa y neverita.

Playa de D. Camilo. Aprovechando que fuimos a Ponta da piedade, elegimos una playa cercana, la playa de D. Camilo, que durante la bajamar comunicaba también con otras playas. Un poco más grande que una cala, a esta playa se accedía mediante una escalera de 200 escalones, bastante más duros a la subida que a la bajada y que tampoco impedían el lleno completo. En mi opinión personal, como playa no era muy allá, pero reconozco que el entorno merecía la pena.

Playa de Porto de Mós. Playa de gran extensión, hay gente pero sólo en los accesos, por lo que si uno quiere andar un poco, en breve tendrá todo el espacio y la tranquilidad que quiera.

Playa da Marinha. En el absurdo intento de clasificarlo todo, dicen de ésta que es una de las cien mejores playas del mundo. El entorno es muy bonito, las rocas acotan la playa y la perspectiva es de gran belleza. La existencia de un chiringuito a la entrada arruina bastante la estampa y la presencia de grandes montones de algas hizo el baño casi impracticable.


A parte de las playas, que es lo principal, en el Algarve hay algunas cosas de interés que salen un poco de la rutina playera:

La ciudad de Faro. Con un casco histórico bastante bonito.

Ponta da piedade. Rocas que emergen del mar con formas caprichosas en lo que puede denominarse como versión atlántica de la ciudad encantada de Cuenca. Una excursión que merece la pena, el recorrido en barco dura 25 - 30 minutos y cuesta alrededor de 10€.


Feria medieval de Silves. La típica feria medieval pero a lo grande, ocupando por completo el casco antiguo de la ciudad.

Cabo de San Vicente. Imprescindible pasar por aquí para ver el atardecer, que a pesar de ser un espectáculo masificado gracias a la llegada de autobuses enteros, sigue siendo igual de bonito.

De Albufeira, centro por excelencia del Algarve y ciudad en la que nos alojamos, poco se puede decir más que es la típica ciudad costera dedicada al turismo extranjero. En resumidas cuentas: el Benidorm de Portugal.

7 de agosto de 2009 | | 3 comentarios

Cerrado por vacances

Para el sur...Guía del Algarve: OK. Cámara de fotos: OK. Sombrilla, maletas, comida: OK. Musiquita para hacer más llevadero el viaje hasta Albufeira: OK. Crema solar a tope: OK.

Para el norte...Billetes de avión: OK. Reservas de los 6 hoteles y casas rurales: OK. Impreso para recoger el coche de alquiler: OK. Mapa de carreteras: OK. Chubasquero por si llueve: OK.

Bueno, pues parece que ya está todo y que vuelven a comenzar las vacaciones. Pongamos música en el coche y pillemos la carretera...llegaremos al destino antes de que cuente diez. Los detalles se conocerán en los correspondientes post a la vuelta. Disfruten del verano.



27 de julio de 2009 | | 1 comentarios

Situación veraniega

No soy muy piscinera, pero vine tan morena de la playa que uno de mis afanes estos días ha sido hacer todo lo posible por no perder el tono. Lo sé, es de lo más superficial, pero oigan, para algo está el verano ¿no? para ser superficial a tope, dedicarse al culto al cuerpo y a esas cosas típicas veraniegas.

Así que nada...estos días tengo dos opciones, o bien solarium o bien piscina. El solarium está muy bien, pero la verdad es que después de 5 minutos en la tumbona, por mucha vuelta y vuelta que des y por mucha ducha y pozo frío que tengas a mano, acabas al borde de la asfixia.

La otra opción es la piscina, con su sombritas, sus charcas para refrescarte... el rollito es más bien familiar y según entras hay un olorcillo a tortilla de patatas que me transporta automáticamente a los 80, cuando iba con mis padres, pero como me entra en el abono deporte, de vez en cuando se me ocurre ir, aunque eso de ir sola a la piscina no me inspira demasiado, máxime cuando ocurre una de esas cosas que sólo me pueden ocurrir a mí.

El otro día estaba tomando el sol plácidamente, leyendo el segundo volumen de Millenium en una sombra para mí sola, que sabía que me iba a durar muy poco, cuando llegó un chaval en torno a los 30, también solo y se colocó en la misma sombra a una distancia prudencial. Hasta ahí bien, hasta que a los 10 minutos, oigo que me llama para pedirme que si por favor le puedo echar crema en la espalda.

Imaginen mi cara de...ein? porque vale que sea algo totalmente normal entre familiares y amigos, pero echarle crema a un desconocido como que no resulta en sí mismo, un acto demasiado agradable. Le miré y me quedé pensando unos instantes, los suficientes para evaluar la situación: era totalmente crudo y me mostraba un bote de farmacia de protección 50, así que me dejé llevar por mi parte caritativa y lo hice, no fuera a ser que por ser tiquismiquis, alguien vaya a tener cáncer de piel. Curiosa situación, menos mal que no había nadie conocido a la vista porque imagínense con qué cuento le podrían haber ido al que se pasa el día celebrando el centenario de Larra.

En fin...seguramente no tiene importancia y es una de esas cosas que se pueden ver desde varios puntos de vista, porque...¿pensaría igual si me hubiera pedido uno de estos que le amasara la espalda?

14 de julio de 2009 | | 0 comentarios

Calma absoluta

Pues sí, ya estoy de vuelta de la tranquilidad, de hacer el muerto en el agua, de las carreritas matutinas por el paseo marítimo, de los desayunos, comidas y cenas en la terraza, de estar tirada a la plancha durante horas enganchada a un libro y...aunque había ganas de volver, esa vuelta siempre es agridulce, porque aquí están las terracitas de verano y los amigos y la falsa independencia y una vidilla que no había en estas fechas por allí, pero allá se quedan "las saludes" delicadas y un remanso de paz que alivia cualquier estado de ánimo trastocado. No sé si vengo nueva, pero sí descansada.

Como mi salida fue tan apresurada y no sabía si finalmente habría o no vacaciones, me llevé un solo libro, el primer volumen de Millenium de Stieg Larsson: novela negra sofisticada y objeto de culto gracias a una gran campaña de márketing. Cuando éste se acabó intenté hacerme usuaria de la biblioteca, pero me pedían fotocopia del DNI y fotografía y como no suelo viajar con ello, tuve que correr al Carrefour a buscar algo de bolsillo, así que me leí La bodega de Noah Gordon: ficción histórica ideal para tumbona.
Tampoco me llevé las películas que había recopilado, así que hice lo que no hago el resto del año: ver la televisión y pasó lo peor que podía pasar, que se murió una celebridad y he visto todos los especiales (funeral inclusive) y todas las repeticiones de We are the world que sean capaces de imaginar. A cambio, he descubierto un programa maravilloso al que le agradezco infinitamente los ratos de entretenimiento: Desafío extremo de Jesús Calleja.

Y después de esta tanda tan tranquila y relajada, quedan dos semanas en agosto muy bien repartidas: una en el Algarve y otra en Galicia. Una vez pasado lo difícil: la planificación y la búsqueda de rutas y hoteles, ya sólo queda lo mejor: disfrutarlas en la mejor compañía.

4 de septiembre de 2008 | | 0 comentarios

Los posos del verano

No es lo mismo...aguardar las vacaciones con unos billetes de avión esperando sobre la mesa que una pila de apuntes. Los miro, los vuelvo a mirar...siguen donde están, papel sobre papel, organizados una y mil veces, mil veces memorizados y otras tantas olvidados.

Abro la agenda. 15 días de tardes libres. Más me vale aprovecharlos bien porque serán la fórmula secreta para aguantar el invierno cuando la vida cultural se reduzca a mínimos, cuando a la salida del trabajo nos reciba la oscuridad y recordemos con nostalgia cómo era aquello de salir a plena luz del día, acercarse a una terraza, alternar con los amigos, pensar, como pensamos los que no paramos, que aún se podía hacer algo para exprimir al máximo el día. En fin, habrá que ir concienciándose de la llegada del invierno y su mala costumbre de anochecer a las seis de la tarde. Aceptarlo, como a los seres queridos, tal y como es.

Podría poner tierra de por medio. No se crean que no lo he pensado. Me tienta repetir el bucle veraniego, acabarlo como comenzó, ser superficial (aún más) y pensar en afianzar el moreno que se está yendo a pasos agigantados o comprar un billete de esos que ofertan por 35€ + tasas, antes que en darle un impulso al régimen local español. Pero ahí están, colocados sobre el estante, la nómina y la letra del banco que me inyectan toda la voluntad que a mí a veces me falla. También, para qué mentir, se vive muy bien en esta falsa independencia de la que luego me cuesta tanto desprenderme.

15 días. Pienso sacarles todo el jugo que me dejen. No dejar sin provecho ni uno de los instantes que no esté dedicado a la actividad sacrificada. No parar. No aburrirme. Rebañar, como se rebaña en la intimidad, el plato que tanto te gusta.

1 de septiembre de 2008 | | 4 comentarios

Nuevo curso

1 de septiembre...junto al 1 de enero quizás sea la fecha que mayores buenos propósitos tenga. Ya saben...volver al gimnasio, embarcarse en un curso de algo, adaptarse al medio rutinario sin que resulte traumático...y envidiar a aquellos que gustan de irse cuando todos han vuelto, esos que pasan un verano sin complejos al sol de los halógenos y toman el testigo hasta que el verano toca su fin. Yo ya he disfrutado una tanda de vacaciones veraniegas pero también pertenezco a ese último grupo, así que me siento verdaderamente afortunada y sin motivo alguno de queja.

Además, estas tres semanas entre el aterrizaje vacacional y el próximo día 6 de septiembre han estado bastante ocupadas. Por un lado, fiestas de Sanse, con sus elementos festivo-taurinos típicos y la I quedada frikitecaria en Madrid, donde por fin pude ver las caras de los que se esconden tras el alceo de ceja. La crónica de la cena se puede ver
aquí y aquí gracias a Geekteca. Sólo añadiré que estuve rodeada de expertos en gastronomía japonesa y que voy a practicar habitualmente con los palillos para estar a la altura en la próxima ocasión.

Mientras eso ocurre y para ambientarme en el ambiente japo, esta misma tarde he vuelto a ver una joyita que hace años me cautivó y que está localizada en Tokio:
Lost in translation. Una historia dramática y cómica a partes iguales, de una profundidad que te obliga a ir más allá de la imagen, donde los protagonistas se encuentran para sobrevivir a la soledad y logran absorberte. En definitiva, una película en la que ocurre todo aunque parezca que no ocurre nada, obra de la directora Sofía Coppola, hija de Francis Ford Coppola y actual pareja de Quentin Tarantino. Totalmente recomendable.

21 de agosto de 2008 | | 2 comentarios

Menorca II: Calas

Hablar de playas en Menorca es hablar de calas, lugares en los que sí se nota la temporada alta, ya que si uno quiere asegurarse un hueco en la arena tiene que madrugar. Casi todas las calas que mantienen su carácter salvaje tienen un acceso complicado, caminos sin asfaltar o carreteras de doble sentido por las que a duras penas cabe un coche. A veces se puede dejar el coche bastante cerca y otras es obligatorio darse una buena caminata. Lo mismo ocurre si se quiere acceder de una cala a otra cercana, por lo que además de las chanclas es imprescindible llevar calzado deportivo en el maletero. El sistema para controlar la afluencia de visitantes se realiza mediante la ocupación del parking de la cala, en cuanto el parking está lleno hay que dar media vuelta y buscar otro lugar donde extender la toalla. El tope máximo de hora de llegada en temporada alta está en torno a las 10 de la mañana.

La isla está rodeada de calas en su totalidad, cada una con su encanto. Constatamos que las que más éxito tienen son las del sur, pero hay calas en el norte que no desmerecen nada. Lo más acertado es elegir las playas en consonancia con la dirección que lleve el viento para asegurar el buen tiempo. Cabe mencionar que hasta este mismo año había que pagar para entrar en algunas calas dado que los propietarios de los caminos que llegan a ellas exigían una tasa por el tránsito de vehículos, pero después de muchos años de lucha se ha conseguido abolir esta injusta medida. Este fue nuestro recorrido:

Cala de Algaiarens: El aterrizaje a las 9 de la mañana nos aseguraba la mañana de playa, pero en previsión de que no tendríamos opción a entrar en ninguna playa del sur, el primer chapuzón en aguas baleares tuvo lugar en la zona norte. Una cala muy bonita y tan sólo un anticipo de lo que estaba por venir.

Santa Galdana: La parte más explotada turísticamente de Menorca. La cala es una maravilla, una concha de aguas muy tranquilas donde es un lujo sumergirse. Lejos del entorno salvaje de la mayoría, Santa Galdana se ha visto invadida por grandes moles de cemento a pie de playa que le restan encanto pero que han de existir en toda ciudad con costa. Más adelante volveríamos a Santa Galdana, pero esta vez como punto de partida para visitar unas cuevas en kayak.


Pregonda: El viento nos jugó una mala pasada la mañana que fuimos a Pregonda. Cuando llegamos a la cala, era imposible aguantar el aire, incluso una embarcación había encallado, así que nos fuimos por donde vinimos, un precioso paraje verde con arenas rojizas que nos hizo sentir muchísima pena por lo que podía haber sido un gran día. A cambio, y en vistas de que a esas horas no podríamos acceder a ninguna otra playa, aprovechamos para hacer turismo por Ciudadela y Mahón.

Macarella y Macarelleta: Las calas más famosas de la isla con bastante razón. El acceso es bastante complicado y existe la posibilidad de dejar el coche en un parking gratuito que está a 20 minutos andando o en un parking a 5 minutos por el que cobran 5€. Macarella es un entrante precioso de aguas color turquesa, pero pronto nos encaminamos a Macarelleta, una pequeña cala anexa a la que hay que llegar por un camino que dura en torno a un cuarto de hora y que en principio estaba calificada como playa nudista. Fuimos para echarle un vistazo pero no pudimos resistirnos a ese entorno paradisíaco y nos quedamos toda la mañana. A continuación está Cala Turqueta que también estaba en nuestro itinerario pero a la que no pudimos ir finalmente. Queda como plan prioritario para la próxima vez que viajemos a la isla.

Mitjana: Tiene dos parkings, ambos gratuitos. Uno junto a la playa y otro a un kilómetro, quien llega antes, se acerca más. La cala es una preciosidad, te brinda la posibilidad de acceder a un acantilado en el que hay unas vistas impresionantes y también se puede acceder mediante un camino a un entrante de mar en el que nos dimos un baño después de sortear algunas piedras sin que tan siquiera nos amilanara la presencia de medusas que toparon con alguna que otra pierna y mano sin llegar a mayores consecuencias.
Volvimos a esta playa de nuevo, pero esta vez, en vez de por tierra, lo hicimos por mar ya que hicimos una ruta en kayak desde la cercana Santa Galdana para ver las cuevas naturales. La ruta fue accidentada como todo deporte que se practica por primera vez y por la presencia de algo de viento. No obstante, y a pesar de que tardamos dos minutos en volcar una embarcación que nos habían asegurado que tenía casi nula posibilidad de vuelco, superamos las adversidades con mucho ánimo, algunas risas (sobre todo de los que pudieron ver la escena) y agujetas al día siguiente.

Cala Tortuga: Enclavada en la Albufera des Grau. Hasta el parque natural se accede a través de una carretera estrecha que llega hasta el final de la isla, donde está situado el faro, pero a partir de ahí, el acceso a las calas es a pie. El paisaje está protegido y es una maravilla y si se elige el camino que va bordeando los acantilados, las vistas son insuperables. Existen varias calas seguidas y nosotras optamos por quedarnos en cala tortuga por una recomendación. Allí pasamos la tarde y aunque Macarella, Macarelleta y Mitjana eran como estar en el paraíso, esta cala, un poquito más larga que las anteriores, me encantó.

24 de junio de 2008 | | 6 comentarios

El verano que no fue y el que será

Visto desde aquí, el verano de 2007 parece algo puramente anecdótico. Aún está reciente y por eso el recuerdo está tan vivo, soy consciente de que ha dejado su pátina imborrable para el resto de mis días. Fue el verano en el que engullí – ese es el término perfecto – un temario enclaustrada durante todo el tiempo que no me dediqué a trabajar, puedo recordar perfectamente los días que salí de forma ociosa en los 3 meses de verano: tres. Fue sencillamente, el verano que no fue, el verano en el que sobreviví.

Siempre pensaba que para resarcirme de esas experiencias, cumplidos o no los objetivos, estarían los veranos siguientes y así se ha planteado el verano de 2008, como un verano dividido: 15 días de vacaciones "responsables" en septiembre para preparar la convocatoria obligatoria del Santo Ministerio de Cultura y 15 días en agosto, un mes en el que no recuerdo haber tenido vacaciones en los últimos 6 años, destinados a desconectar por completo, allá donde vaya no llevaré un solo libro, apunte o similar. Todo un lujo comparado con el verano asfáltico que nos regaló el año anterior.

Pensaba que no me apetecía planear nada, que el recorte presupuestario pro-vivienda alcanzaría la hucha de vacaciones, que la gente estaba dispersa y que acataría la opción más fácil, cambiar el hogar familiar urbano por el hogar familiar playero, algo que a buen seguro haré durante algunos días, pero afortunadamente existen las segundas opciones que, con el debido respeto a los que hallen en él su remanso anual, te hacen ansiar que julio pase volando.
Sólo hay una razón para querer que el tiempo pase tan rápido y es que ya sé con seguridad que mi destino estival estará en la preciosa isla de Menorca.
¿Y vosotros? ¿En qué envidiable destino estaréis?