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4 de agosto de 2010 | | 0 comentarios

El veraneo

Me quedan 48 horas para decir: Me largo, ahí os quedáis. Aunque no hace tanto que tuve vacaciones, recordemos que eso fue a principios de mayo y las dediqué a hacer 185 kilómetros del Camino de Santiago, así que de descanso, nada de nada.
Así pues, queda la tanda anual de vacaciones en Levante con la familia. No es que sea mi destino vacacional favorito porque me encantan las playas desérticas como a todo hijo de vecino y ésta precisamente no lo es, pero significa estar con mi familia, en mi segunda casa, en la playa a la que llevo yendo los últimos veinte veranos, que se dice pronto, por lo cual, es un lugar al que siempre me apetece ir y como tal, me voy con ganas de desconectar, de descansar y de coger aire para el largo y crudo invierno.
Me llevo el portátil para ver si consigo encontrar wifi y estar mínimamente conectada, me llevo unos cuantos libros para pasar el rato y sobre todo, me llevo mucha paciencia, porque durante unos días ejerceré de tía con dos fieras...Creo que los libros de la universidad se quedan aquí, este año la convocatoria de septiembre me parece que queda anulada...creo que me he ganado un verano sin tocar un libro y que ya remontaré el año que viene.
Entre medias, Uri se viene de visita y disfrutaremos del regalo que me hizo por mi cumpleaños: concierto de Joaquín Sabina y noche en un hotel de ensueño...Dolce vita, ni más ni menos.
Lo dicho, nos vemos a la vuelta, al menos con otro color más saludable.

31 de julio de 2008 | | 0 comentarios

De ida...y hasta la vuelta

No me digan que no son maravillosos esos días preludio de un período largamente esperado. Yo, que adoro todos los viernes del año, estoy recreándome como nunca en el último día de trabajo. Me motiva especialmente ver cómo está remarcado en el calendario que cuelga de la pared, cómo suena en el aviso del móvil y cómo centraliza todos mis temas de conversación. De repente el mundo gira en torno a la libertad vacacional que colapsa carreteras, cierra comercios de barrio y te empuja a compartir metros, centímetros mejor dicho, de arena con la misma marea de gente que se traslada a tu mismo ritmo desde la urbe hacia la costa, o hacia la montaña, o hacia cualquier capital de país que figure en la guía del trotamundos.

Sí, lo sé, que mañana cuando busque la sombrilla que mi padre habrá puesto religiosamente a primera hora de la mañana para poder ver al niño de cerca, cuando sienta que una inoportuna paletada de arena me caiga sobre la espalda, incluso cuando tope con caras conocidas, caeré en la cuenta de que Madrid tiene playa y que aunque esté a 500 kilómetros, ahí está, como el primer año que la visité, y de eso hace ya mucho tiempo, tanto que los recuerdos son ya mayores de edad.

Hoy también me recreo en el placer que supone dejar algo realmente bueno para el final. Volveré a Madrid, para tocar pared e impulsarme hacia Menorca. No me digan qué es lo que viene después, la rutina también tiene su marca en el calendario y su pertinente aviso en el móvil, por si se me olvidara que existe el mundo en aquella isla.

Nada más les digo que hasta la vista, au revoir, arrivederci...sólo queda que alguien me entregue en mano un hipotético testigo vacacional y yo cogeré las maletas y el coche y me adentraré en la meseta hasta avistar agua firme.