Siento la aleta herida de los cambios. El piso nuevo, el barrio por descubrir y reconozco el corazón apretujado, contraído. Es algo muy personal, de un tiempo a esta parte me he dado cuenta de que mi punto inmaduro está en los grandes cambios y ahora que queda un tiempo largo por delante en esta casa, me vuelve el mismo sentimiento que cuando abandoné el hogar paterno hace unos meses. La independencia, esa salida necesaria en la vida, ha dado paso a otro traslado. Ahora que acababa de acostumbrarme a otro lugar, vuelven las cajas, los paquetes, el no saber dónde pusiste aquello, el a saber qué hacer con esto, el tirar lo innecesario para que no te estorbe.
Ahora que escribo esto admito que lo que me aterra es la palabra caja. Ese contenedor de apariencia sencilla encierra una multitud de significados. Las cajas que se llenan y se vacían, que llevan y que traen, que acercan y que alejan. Las cajas comunes o las compartidas. Las cajas frágiles que hay que dejar con cuidado en el suelo. Las cajas que van al trastero para ser profundamente olvidadas porque no tenemos el valor de tirarlas a la basura aunque sepamos que nunca jamás las abriremos. Todo cabe en una caja. Nuestra vida cabe en una caja. Pura verdad.
