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6 de mayo de 2011 | | 1 comentarios

Pamplona

Un viajecito puede tener varias intenciones: patearse una ciudad sin dejarse un monumento por ver o pasearla tranquilamente, sin prisas, encontrando los rincones sin buscarlos. En el caso de la escapada a Pamplona, optamos por la segunda forma. Anduvimos, anduvimos y anduvimos poco pendientes de la monumentalidad de la ciudad y más bien atentos al relax y al disfrute.

Tenía ganas de ver Pamplona y me he dado cuenta de que su dimensión turística gracias a los Encierros más famosos del mundo es inmensa. Pamplona tiene un casco viejo marcado por el recorrido que hacen los astados cada julio en honor a San Fermín y adornado por plazas, una ciudadela preciosa y sorprendente y algunas iglesias de interés. Una ciudad que se ve en poco tiempo pero, he ahí lo interesante, que permite que el viaje se prolongue todo lo que el visitante quiera en sus bares, con sus populares pintxos y vinos.

El capítulo de los pintxos merece mención aparte. La cocina en miniatura, cuidada hasta el máximo extremo es un placer para los que no decimos que no a una barra. La calle Estafeta es el lugar idóneo, los bares cuidan mucho su estética y es un placer acodarse para recorrer con la mirada los platos. No es barato, el pintxo oscila entre los 2 y los 3 euros, pero un buen pintxo bien lo vale.

No podemos imaginarnos cuál es el desbordamiento que debe sufrir cada verano la ciudad que atrapó a Hemingway y que supo reflejar en las novelas Fiesta o en Muerte en la tarde. El escritor está presente en el Hotel La Perla, en la Plaza del Castillo y se acoda eternamente en un rincón del Café Iruña, que mantiene su peculiar estética de los años 20. Nunca hubo mejor promoción para una ciudad que ésa.

Por último, un descubrimiento de esos que sólo Internet permite hacer cuando estás buscando información sobre lo esencial en Pamplona. En el número 22 de la calle Estafeta, la pastelería Beatriz, un modesto local, guarda en su interior un tesoro: los garrotes más ricos del mundo, napolitanas en miniatura que desbordan chocolate. No piensen en el aporte calórico ingente del dulce, simplemente disfrútenlo…como hemos hecho nosotros durante esta escapada.

5 de febrero de 2011 | | 1 comentarios

Un placer en tres pasos

Un gracias enorme para aquellos amigos (léase Ismael) que viajan a Bélgica y te traen una muestra de exquisito chocolate belga para que paladees un rato la felicidad. ¡Gracias salao!

28 de septiembre de 2010 | | 5 comentarios

París y...la comida

Siguiendo con la serie París y...Antes que los impresionantes monumentos, que los peculiares cementerios y que cualquier otra cosa, ha de resaltarse que la "cuisine française" es un tema merecedor de todo tipo de elogios. No es de extrañar que hayan sido siempre por delante en estos temas hasta que el fenómeno español comenzó a tontear con las estrellas michelín que siempre han sido de su propiedad: tienen materia prima y buen gusto, un tándem infalible.

Me parece absolutamente fascinante la capacidad francesa para cuidar el detalle. No puedo decir que haya estado en un restaurante francés fuera de serie o en el mejor restaurante de París, pero en la variedad está el gusto y dentro de nuestra capacidad adquisitiva, hemos disfrutado de todo aquello que debería enmarcarse dentro de la categoría de "cosas que debes comer cuando estás en París". Porque disfrutar de París no es sólo sentarse en un restaurante con servilletas de tela, es mucho más, ya que si hay algo que saben hacer los parisinos es comer por la calle.

Aquí va un pequeño resumen de las cosas que probamos en París y apuntaré dos ó tres sitios en los que hemos comido o hemos comprado cosas y que nos han resultado especialmente interesantes por si alguien quiere tomar nota ya que yo me volví loca preguntando a todo el mundo sobre dónde comer y qué comer. A algunas hemos ido por recomendación y a otras, por simple casualidad, unos eran mejores y otros, simplemente normales.

Las crèpes son una de esas tentaciones que te persiguen en cada esquina. Me parece difícil elegir un lugar especial para las crèpes porque la verdad es que creo que el misterio está en comerse una en el lugar que más te apetezca: sentado en un banco, paseando o contemplando la Torre Eiffel...si a eso simplemente le añades una crèpe rellena de nutella...pues poco más hay que añadir. Nosotros las probamos por primera vez en Les Marais, en un sitio coqueto llamado La cidrerie du Marais donde pudimos sentarnos, con platos y tenedores. Nos apetecieron dulces: una de plátano y chocolate y otra de helado de nueces con salsa de frutos rojos y almendras, exquisitas e inacabables.


Pero también hay crepes estupendas en sitios a pie de calle y en puestos ambulantes. Hay sitios muy buenos en la Rue Mouffetard. Concretamente nos hablaron de un local en el que no había sitios para sentarse, así que entre esa descripción y la recomendación de la guía Lonely Planet, fuimos a parar a Chez Nicos, un local que servía unas crepes gigantescas y baratísimas. La única pega es que la masa de la crèpe ya estaba hecha (no sé si generalmente es así o también las hacen en el momento), sólo hace falta calentarla y le ponen lo que quieras, pero aún así estaban muy buenas.

Ya mencioné el tema pastelerías, ese mundo maravilloso que yo pensaba que sólo existía en mis sueños de glotona y que en realidad existe y ¡de qué forma! No pudimos dejar de caer en la tentación y además, con alevosía, porque en vez de dosificar, visitamos dos pastelerías seguidas y lo probamos todo en una misma tarde. Una de las pastelerías la encontré por casualidad en la web 11870 antes de irnos cuando buscaba cosas cerca del apartamento en el que nos alojábamos. Se llama Des gateaux & du pain. Es una tiendecita de diseño que vende pan y pasteles como si fueran joyas de la corona. Les pedí si podía hacer fotos a través del intérprete, pero nos dieron una negativa por respuesta, así que os remito a una página en la que tuvieron más suerte. De allí nos llevamos un pastel de chocolate y una hojaldre de manzana. El pastel de chocolate nos costó 8 € y era un delirio: chocolate sobre chocolate y cubierto de chocolate, la tarta de manzana era bastante más ligera y también bastante más barata.




De aquí nos fuimos a otra pastelería muy cercana: Pierre Hermè, famoso por un dulce típico parisino: los macarons, unos dulces que son como dos galletas unidas con crema de diferentes sabores. Son pequeñitas y en esta tienda, vas eligiendo por colores, los cogen con unas pinzas como si fueran de cristal, te lo meten en una bolsa transparente y te cobran alrededor de 1.5€ por macaron. El resultado fue desigual, unos me gustaron mucho y otros me gustaron menos, pero la textura de la galleta es muy delicada y a la vez crujiente. Una amiga me ha dicho después, que son archiconocidos los macarons de Ladurée.


En este viaje nos dimos el capricho de hacer un crucero por el Sena con cena incluida. Lo malo es que reservamos en uno de los primeros turnos y a eso de las siete de la tarde estábamos cenando, pero la verdad es que cuando uno lleva andando desde las 9 de la mañana y se ha comido unos sandwiches en los Jardines de Tullerías a la 1 del mediodía, a las 7 se come lo que le pongan por delante...y así fue. Pensamos que la cena del crucero sería poco significativa, pero la verdad es que no estuvo mal, elegimos un salmón con una salsa con eneldo que estaba bastante correcto y lo acompañamos con una copa de champán de aperitivo y una botellita de vino blanco. El tema del crucero es una de esas cosas que todo el mundo recomienda y en las que merece la pena gastarse los eurillos con cena o sin ella, eso es lo de menos, ya que en el fondo pagas por un rato la mar de romántico.




Un sitio interesante que nos recomendaron en Montmartre fue Le relais gascon, un restaurante situado en el número 6 de Rue des Abbesses especializado en ensaladas gigantescas servidas con patatas salteadas al ajo que están buenísimas. La salade gascon que rpobamos lleva foie y pato y está verdaderamente buena. Muy recomendable para cuando se vaya a visitar el Moulin Rouge y el café de Amelie porque está a dos pasos. Además, si se tiene suerte y se consigue una mesa junto a los ventanales de la planta de arriba, hay unas bonitas vistas del barrio.


Una noche salimos a buscar un sitio para cenar y tras la paliza, los pies no nos daban más que para llegar al primero que había a la vuelta de la esquina, que resultó ser el Au coin Pasteur. Aquí probamos el pòt au feu y el confit de pato y estaba bastante mejor lo primero que es una especie de cocido, que lo segundo. Lo mejor del restaurante era que el camarero era encantador. Se nos olvidó la cámara, así que no hay testimonio gráfico.

La zona con más ambiente de París es el quartier latin, que es la zona que rodea a la Sorbona. Hay todo tipo de restaurantes y sitios para tomar algo y las noches de viernes y sábados hay mucho bullicio. Aquí cambia un poco el rollo de café con cristaleras impoluto y súperelegante y hay más tascas. Íbamos sin una idea fija y acabamos comiendo dos fondues: una de carne y otra de queso en un restaurante de cuyo nombre no quiero acordarme, sólo sé que estaba en la rue Mouffetard y supongo que este lapsus es debido a la antipatía de la mujer que nos atendía.

Por último, la gran sorpresa. Voy a reconocer públicamente que no sabía lo que era un croissant hasta este viaje. Es decir, sabía que forma tenían, el color e incluso había probado unos cuantos a lo largo de mi vida, pero "saber", lo que se dice "saber", no tenía ni p*** idea de lo que era un croissant de verdad: crujiente, caliente y épatant, tampoco le hicimos miramientos al pain au chocolat. Ójala todos los días desayunáramos como lo hicimos aquel último domingo en París...yo creo que mi vida sería mucho más feliz.

París y su comida...un aliciente más, si es que le hacía falta alguno.

22 de agosto de 2010 | | 0 comentarios

Alicante

Mi cumpleaños dejó para más adelante uno de esos regalos que una vez recibidos, uno está impaciente por que lleguen. Uri me había regalado las entradas para ir al concierto de Sabina en Alicante el día 14 de agosto, así que aprovechando que yo estaba por allí, cogió un vuelo y vino a pasar el fin de semana.

Las entradas del concierto también incluían el alojamiento en el Meliá Alicante, un megahotel entre el puerto y la Playa del Postiguet al más puro estilo turismo de Levante, con sus recepciones brillantes, sus tarjetas para todo, innumerables habitaciones, salones, ascensores y restaurantes, en definitiva, un mundo para bolsillos de americana y bolsos Gucci.

Al mediodía nos acercamos a comer a una taberna recomendada por la guía de 11870, a la que siempre acudo cuando voy a un sitio que no conozco y que una vez más, ha resultado ser 100% acertada y útil. Se trataba de la Taberna del Gourmet (Carrer Fernando, nº 10), un sitio que te recibe con un enorme cartel en el que indica que es Premio Nacional a la mejor barra del año 2009. La entrada es una barra de bastante amplitud en la que se puede tomar algo y al fondo, el local se divide en dos plantas con mesas a modo de restaurante.

La decoración frente a la barra estaba hecha con cristaleras decoradas con productos tradicionales y grandes pizarras en las que se podían leer los platos y sugerencias, así como los innumerables tipos de vinos. Dentro de la barra, había un espacio en el que el cliente puede ver la elaboración de las tapas y raciones frías. La carta era extensa, así que por elegir algo, probamos la ensaladilla de la taberna, los huevos rotos con patatas y el rulo de cabra con hierbas y miel de níspero. De postre, el helado de vainilla con toffee. Todo buenísimo. Como apunte curioso, uno de los camareros que nos atendía, nos comentó que en ese momento, al fondo del restaurante, estaba comiendo Benicio del Toro, que estaba esos días rodando una película en Alicante, así que antes de irnos pude hacer un barrido visual por la sala y le ví en la última esquina del local, casi de espaldas. Sinceramente, esperaba encontrarme al Ché y más bien me encontré a un tipo con camiseta negra y gafipasta, en fin, no deja de ser curioso ese tipo de casualidades, uno no siempre se topa en un bar con un galán con Hollywood.

Encantá de la vida

Por la tarde estuvimos en la Playa del Postiguet, playa urbana con hamacas y arena finísima donde el sol no acompañó demasiado pero sí lo suficiente como para darnos un buen baño. Después de eso, tocaba prepararse para ir al concierto.

De camino a la Plaza de toros de Alicante, teníamos otro sitio apuntado donde hacer un alto en el camino para picar algo antes de entrar. Se trata de El Foc (Carrer Tomás López Torregrosa, nº 13), otra taberna un poco más modesta que la que habíamos visitado al mediodía, pero con mucha solera. Como eran poco más de las ocho, conseguimos una mesa, pero cuando nos fuimos una hora después, el sitio ya estaba completo, así que debe ser uno de esos sitios muy conocidos entre los alicantinos. La taberna encalada con estilo rústico también ofrecía ensaladas, tostas y sobre todo, una amplia variedad de vinos, así que elegimos un par de tostas, una de focaccia de roast beef de caballo con ceboll, otra de solomillo y un hojaldre de queso de cabra con mermelada de tomate.

La entrada a la Plaza de toros no tiene nada que ver con las colas monumentales de Las Ventas, una entrada mucho más tranquila puesto que la plaza es más pequeña. Convencí a Uri para ver el concierto sentados en vez de estar de pie en el coso, así que cogimos un buen sitio casi frente al escenario.


Puntualísimo, a las 10 en punto comenzaron los acordes. Sabina saltó al escenario con un “Buenas noches Alicante” y cantando Tiramisú de limón, a partir de ahí seguiría Viudita de Cliquot y después, una sucesión de clásicos como Medias negras, Pacto entre caballeros, Aves de paso, Llueve sobre mojado, Peces de ciudad (una de mis favoritas), Y sin embargo, Por el bulevar de los sueños rotos, Contigo…Sabina hace un buen repaso a su carrera y sabe hacer pausas para que su voz, ya bastante cascada aunque inconfundible, aguante las dos horas cuarenta minutos que dura el espectáculo. Su acompañamiento toma las riendas del espectáculo en varias ocasiones, su fiel guitarrista Pancho Varona canta Conductores Suicidas, Antonio García de Diego canta la genial Amor se llama el juego y su nueva corista Marita Barros se arranca con Como un dolor de muelas y escenifica con Sabina muchas canciones de forma bastante digna. Por cierto, que a esta chica, que parece que ha salido de la nada, la recuerdo perfectamente de aquel concurso que emulaba a la primera edición de OT que se hizo en Telecinco y que se llamaba Popstars. Otra curiosidad más.

Feliz, Feliz

Eché de menos un poco más de movimiento en la plaza de toros, cierto es que las canciones de Sabina son en su mayoría nostálgicas, pero hay unas cuantas en las que el público podía haberse arrancado más. No obstante, Sabina jugaba con su fina ironía y acertaba en los comentarios, los adaptaba a Alicante (incluso cantó la primera estrofa de Contigo en valenciano) y no paraba de dedicar canciones e incluso el concierto entero a sus amistades. Con dos bises el concierto llegó a su fin con La del pirata cojo y con Pastillas para no soñar.

A la mañana siguiente no nos perdimos el desayuno buffet del hotel. Para los que no frecuentamos esas categorías hoteleras, las mesas repletas de cualquier cosa que te pueda apetecer al levantarte nos sigue pareciendo un espectáculo en sí mismo, y así acabó el maravilloso fin de semana, desayunando junto a la cristalera que daba a la Playa del Postiguet, con unas estupendas vistas, huevos fritos con bacon y unas tortitas con chocolate de pecado mortal un domingo por la mañana.

Las vistas de la ventana y de la mesa. Difícil elegir cuál era mejor.

P.D. Gracias infinitas Uri.

20 de julio de 2010 | | 2 comentarios

La vie en rose

Hay un algo en esos restaurantes que se eligen con una intención. Anticiparse a la esencia de los viajes a través de la gastronomía típica del lugar es una forma de recrearse en el futuro, en lo que aún no se ha visto, aumentar las expectativas e ilusionarse con este tipo de elecciones es obligado y casi mágico.

En septiembre me espera París, oh là là, la ciudad de las luces, del amor, de la Gioconda, de Rodin, de la torre Eiffel, de los Campos Elíseos...y como mi impaciencia puede más, decidí celebrar mi cumpleaños en el bistrot más puramente francés que pudiera conseguir en Madrid y que pudiera adaptarse a mi bolsillo.

Lo encontré. Se llama
Le petit bistrot, hay varios, pero el que visité está en la Plaza de Matute, a cinco minutos de Santa Ana, lindando con la Calle de las Huertas. La entrada, separada del local mediante una cortina ya hacía presagiar que durante las siguiente dos horas podía imaginarme en Montmartre sin problemas. Los camareros amabilísimos tienen ese acento tan marcado que ni siquiera Uriel pudo reprimir hablar en francés, la composición de lugar era completa...madera, pizarras con referencias a vinos franceses y un ambiente de luces tenues muy íntimo.

Para comenzar, un aperitif, un Pernord Ricard antes de pasar a las copas de vino tinto. Para compartir una divina ensalada de magret de pato y como platos principales, Muslo de pato confitado, patatas al bacon y ajo dulce y Berenjena y Tomate relleno de conejo gratinado al Parmesano. Como colofón, Tarta Tatín de Manzanas caramelizadas con helado de vainilla.

Les aviso de que si esto no es más que una pequeña imitación de París, yo voy a querer quedarme a vivir allí.

13 de enero de 2010 | | 3 comentarios

Artes culinarias

En relación directa con el tema pisos está el tema de las labores del hogar y en concreto, la cocina. Tantos años en casita acostumbrada a la deliciosa comida de mamá sólo me han servido para sobrevivir en verano con la nevera a tope de comida congelada y cocinando algún que otro plato que me ha dado por hacer. Lo bueno es que veo que todo el mundo está igual, haciendo cursos acelerados para no comer cocido sólo cuando vas a casa de tus padres; ahí está mi amiga Gema haciendo pasta por primera vez en su vida o Uri, que dice que ha hecho una tortilla de patatas y supongo que habrá que creerle...
Mi madre es una cocinera estupenda, de las que clavan las recetas de Arguiñano y se queja de que no tiene los electrodomésticos y las herramientas adecuadas cuando algo le sale mal, así que me ha instado un millón de veces a que aprenda a cocinar...hasta ahora mi respuesta era: no puedo, estoy estudiando. Ahora que el estudio quedó en un segundo plano resulta que me cambié al turno de mañana, así que cuando llego, el plato me espera metido en el microondas. Conclusión: me encanta comer, así que tendré que aprender unas cuantas cosas más sobre la cocina para defenderme dentro de unos meses.
Para solucionar este problema, estoy haciendo un libro de recetas. Me planto junto a mi madre con la cámara de fotos y fotografío hasta cómo pela las patatas. Me está quedando muy bien y además creo que con las imágenes me costará menos porque con la receta sola no me apaño, qué le vamos a hacer...
Lo siguiente será empezar a ir a comprar con ella, porque parece mentira, pero no distingo los pescados, ni las partes del cerdo ni nada de nada...un desastre...En fin...qué duro va a ser convertirse en ama de casa...

13 de abril de 2009 | | 3 comentarios

Semana Santa

Otros hablaran de playa, de atascos, del tiempo que les hizo o de las ciudades estupendas que pueden verse en 4 días. Yo, en Semana Santa, siempre hablo de lo mismo, porque nunca salgo...y mira que me ha tocado pasar puentes y vacaciones en casa a merced de los temarios y no hay ni una sola ocasión que no me haya fastidiado...salvo en Semana Santa, que paso de cualquier plan.

Este año todo el mundo esperaba que hiciera algo en plan viaje liberatorio, pero nada...estos cuatro días los he pasado en casa aprendiendo a hacer una cosa muy sana que he descubierto últimamente y que se llama: tocarse el pie.

Además de eso, he aprendido a hacer otra cosa: torrijas. Con esto de la oposición siempre prometí que cuando acabase, me arrimaría a la cocina, así que el Jueves Santo pasé toda la mañana en la cocina observando y fotografiando el proceso milagroso que convierte el pan y la leche en una delicia cubierta de azúcar.

Está claro que no sólo de torrijas vive el hombre, así que no se preocupen, que iré poco a poco aprendiendo otras cosas más cotidianas y menos calóricas como sopitas, legumbres y demás.

Tienen buena pinta ¿eh?
Y es que tengo que admitir que lo que más he hecho este puente ha sido comer. Más que nada porque en mi casa es tradición hacer una gran comida de vigilia en Viernes Santo. No se trata de extremismo religioso ni nada parecido, simplemente es una tradición muy común en Jaén, la tierra de mis padres, que han seguido llevándola a cabo año tras año.
Así pues, el viernes santo nos juntamos alrededor de una mesa que puede variar, pero que esta vez consistió en sopa de pescado, pimientos rellenos, albóndigas de atún, croquetas de gambas, bacalao, natillas, arroz con leche, torrijas y borrachuelos. La única premisa, además de no comer carne, es que, sea mucho o poco, tienes que comer de todo lo que se ponga en la mesa.
Si es que con homenajes como éste...¿quién piensa en salir de casa en Semana Santa?

18 de abril de 2008 | | 3 comentarios

El placer de comer

Ante la proliferación de locales dedicados a la hostelería y la abrumadora oferta gastronómica, sospecho que no soy la única que está desarrollando su pasión por la comida según va pasando el tiempo.

Hay quien ve la comida como un mero trámite diario, pero particularmente, yo cada vez disfruto más de la acción cotidiana de sentarme a la mesa y por lo general, aprovecho cualquier celebración para ligarla a una comida, una cena o una cervecita con unas tapas. De este modo, a uno no le cuesta nada imaginarse un momento de felicidad rodeado de amigos compartiendo una mesa llena. El contenido puede ser variable, mi capacidad para saborear nuevos sabores y cocinas también se encuentra en pleno desarrollo.


Puede que aún pueda disfrutar de estas cosas porque puedo comer en casa a diario y cuento con el aliciente de que mi madre es una cocinera increíble, por lo que comer fuera una o dos veces por semana se convierte en un hecho excepcional que siempre está ligado al ocio. Lo mismo ocurre con los experimentos culinarios para emancipados durante los meses de verano, he de reconocer que aún me divierto intentando que una receta quede bien porque no estoy acostumbrada a cocinar diariamente, pero también he de admitir que no soy tan buena cocinera como comensal.

En definitiva...no sé qué cualidades se requieren para ser crítico gastronómico, pero no sería mala ocupación...mientras tanto, nos conformaremos con recomendar los sitios que nos vayan gustando (y a los que humildemente pueda acceder nuestro bolsillo) e intentaremos iniciarnos en otra de nuestras inquietudes: la cata de vinos, cuando sea posible.